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No es hasta finales del siglo XIX cuando la Virgen del Rocío cuenta con una persona encargada de su vestimenta, cuidado y exorno. Sin tacha alguna en su conducta moral….

Así consta en el escrito oficial que se envía al Arzobispo de Sevilla, en 1887, para que autorice el nombramiento de la primera camarista oficial: Ana Valladolid Moreno. Había fallecido su pariente, Isabel Villa Valladolid, que hasta entonces había ocupado este puesto. Había nacido en Almonte la leyenda de Señá Anita.

Desde 1985, ocupa este puesto su descendiente directa María del Carmen Morales. Una mujer de Almonte, sencilla y que se siente una privilegiada al cumplir esta labor. María del Carmen recuerda a la primera camarista, su bisabuela, a través de los relatos de su madre. «Ella se llevó muchos años. Al menos los treinta que estuvo viuda. Después su hija Dolores Acebedo, que era tía de mi madre, y mi propia madre le ayudaba. Yo empecé a ayudar a mi madre también desde muy pequeña con siete u ocho años».

Sus antecesoras

Hasta que no surge la figura de las camaristas del cuidado de las alhajas y vestimentas de la Virgen se había ocupado la hermandad. Momentos de desánimo en las cofradías motivaron que surgiese una persona de especial devoción que cuidara con verdadero celo y mimo a la imagen.

El 16 de julio de 1887, Ana Valladolid Moreno, casada, natural y vecina de Almonte, en una carta dirigida al cardenal arzobispo le exponía que habiendo quedado vacante el cargo de camarista por fallecimiento de la que interinamente lo ocupaba, Isabel Villa Valladolid, suplicaba se le concediese el título.

Adjunto a este escrito iba otro del cura de Almonte, Ángel Márquez Parreño, informando que la opositora era de la misma familia que la fallecida que había cuidado a la Virgen del Rocío y que su conducta moral no tenía tacha alguna, más aún cuando había sustituido a la camarista anterior por encontrarse imposibilitada; por esta razón la encontraba muy adecuada.

EL gobernador eclesiástico aprobó el cargo el 18 de julio de 1887.

Dos años exactamente transcurrieron cuando el 16 de julio de 1889, María Josefa Acebedo y Ojeda, de estado casada, solicitaba al arzobispo el cargo, por fallecimiento de Isabel Villa Valladolid.

Ángel Márquez presentó un informe conjuntamente con la interesada, manifestando su intachable conducta moral y religiosa, ayudando a la camarera anterior en cuantas ocasiones lo había solicitado.

La carta se redactó el 16 de julio de 1887.Curiosamente el cura de Almonte confunde el año, escribiendo la misma fecha que cuando lo realizó para Ana Valladolid Moreno. El Arzobispado, el 18 de julio de 1889 designaba a María Josefa Acebedo.

Una nueva petición se realizó en febrero de 1926; María de los Dolores Acebedo Valladolid solicitaba le fuese expedido el título por la Secretaría de cámara. El 19 de febrero del mismo año el arzobispo le concedió la aprobación.

Posteriormente, el 18 de mayo de 1926, reunida la Hermandad del Rocío, acordó que por defunción de su madre, ejerciera el cargo María de los Dolores Acebedo Valladolid, supliéndola como segunda camarera Ana González de Acebedo, nieta de la difunta.

Fue en 1984, en el traslado de la Virgen a Almonte cuando Ana González Acebedo cubrió a la Virgen por última vez. «Ya las piernas le fallaban, pero todos los almonteños le animaban y a duras penas se sostuvo en pie ayudada por mí para ponerle el pañito», recuerda la actual camarista.

El recuerdo más desgarrador lo tiene María del Carmen meses más tarde. Ya en mayo de 1985 cuando la Patrona se disponía para el regreso a la aldea. «En una silla, mientras se despedía de ella, le decía: ya Madre mía cuando quieras me llevas contigo que yo ya me encuentro satisfecha de que mis hijas te pueden vestir de Reina y Pastora sin problema. Estas palabras las tendré yo mientras viva en mi corazón».

Para este traslado María del Carmen había vestido junto a su hermana Ana a la Virgen. Días antes de la romería de 1986 fallecía quien se había encargado de vestir a la Virgen desde 1926.

María del Carmen se enfrenta a su primera Romería cuando tiene que vestir a la Virgen de Reina. «Yo tan sólo sabía hablarle a la Virgen para pedirle que me ayudara», dice….

Aquel Lunes de Pentecostés la Virgen procesionó por la aldea tan bella como siempre aunque, eso sí, la nueva camarista empleó más horas de lo acostumbrado porque tenía que parar su cometido cuando en numerosas ocasiones le asaltaban los recuerdos de su madre.

La Virgen quiso agradecer este esfuerzo plantándose de madrugada en casa de la camarista. Cada año se repite este rito, de manos de los almonteños «estábamos tomando una tila cuando mi prima avisó de que se encontraba en la puerta. Yo lo veía como imposible y cuando abrí, los varales estaban tocando la puerta. Yo no sé cómo saqué fuerzas para rezar la Salve. ¡Estaba tan hermosa! Le recé porque Ella quiso y al rato me tuvieron que tomar entre los brazos al sufrir un desmayo».

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Las manos de la camarista

En cada pliegue, alfiler que pone, la camarista recuerda a su madre.

El rostrillo que se coloca a la imagen es lo más difícil «es lo principal y sobre esto ya estoy enseñando a mi hija. Como no quede bien no le queda la cara perfecta».

Las manos de María del Carmen tocan a la Virgen del Rocío día a día. «…han llegado muchos a besarme las manos, ha manifestado en alguna que otra ocasión….Yo no quiero eso. ¡Por Dios! Soy una persona normal. Sencilla. Con el único privilegio de vestirla a Ella». Tantas horas junto a la imagen, casi doce se tarda en cada cambio de ropa, dan para mucho. Para pedir y dar gracias «le ruego por las 110 hermandades. Por que vengan todas bien y sin que pasen desgracias. Con toda la gente que participa en la Romería es raro que no ocurra nada. Será porque así lo quiere. Parece que la Virgen lo está consiguiendo».

María del Carmen asegura que ha vivido numerosos milagros en torno a la Virgen. El más delicado tiene a su hija, Carmen Rocío, como protagonista cuando ésta contaba con tan sólo unos tres meses de vida. Durante la estancia de la Virgen en Almonte hace ya algunos años «se me deshidrató tras sufrir una caída. Yo estaba con mi madre vistiendo a la Virgen para su procesión por la villa y no podía dejar de pensar en ella. En todo momento le pedía que mi hija viviera. Recuerdo como la Virgen me decía que tranquila que la niña iba a restablecerse». El auxilio lo tuvo Carmen Rocío de primera mano «cuando le quitaba una enagua a la Virgen la ponía sobre la cuna, un pañuelo, lo que fuera… Le decía: Madre mía del Rocío si yo te estoy vistiendo con este cariño tú no puedes permitir que a mi hija le ocurra nada». Cuando por la mañana deciden trasladar a la pequeña al Hospital de Huelva los facultativos casi la desahucian. «Recuerdo que el médico me decía que traía a la niña medio muerta. Yo le porfiaba porque sabía que la Virgen no me iba a dejar sola». El médico trató a Carmen Rocío aunque sin esperanza alguna. «… mi hija enseguida fue respondiendo. Poco a poco. Hoy día, aquí esta también junto a Ella». Carmen Rocío viene aprendiendo desde los cinco años este oficio que en un día lejano heredará de su madre. Actualmente viste al Pastorcito, labor para la que emplea unas cinco horas.

Otro milagro

María del Carmen entiende también como un milagro otro hecho registrado durante un traslado de la Virgen a Almonte «nunca antes lo he contado. Le había prometido que tras cubrir con el pañito su rostro sólo bebería agua y no hablaría con nadie. Para cumplir mi promesa clavé 15 alfileres en cada bota de montar, en contacto directo con mi piel, y me eché a andar». Por la mañana al llegar a Almonte, la camarista no presentaba rasguño alguno ni alfiler en su calzado.

María del Carmen ha vivido momentos muy diversos en torno a la Patrona de Almonte. Uno de los más emocionantes, cuando ya con las primeras luces del alba, tras el traslado al pueblo cada siete años, descubre el rostro de la Virgen con las interminables salvas de los trabucos saludando. «También un momento muy delicado y que ya se ha repetido en alguna ocasión es cuando me han entregado un bote de cristal con los restos mortales de algún rociero para que los reparta por la arena durante el recorrido de la Virgen por la aldea».

El Papa y la Virgen

Esta almonteña se vio frente a frente con el Papa Juan Pablo II sin saber qué responder cuando éste le preguntó por la enigmática, envolvente, acogedora… mirada de la Virgen. «El Papa me dio un rosario precioso y me preguntó que qué tenía Ella tan especial; que por qué era tan emotivo situarse frente a frente…» Ahora María del Carmen sueña con que en breve espacio de tiempo el Papa Benedicto pueda experimentar también en el Santuario estas sensaciones.

Como cada año, la camarista ha dado parte de sí para que la Patrona de Almonte luzca hermosísima, radiante, majestuosa por las arenas. Carmen seguirá los pasos de la Virgen durante toda la procesión. Se subirá al paso cada vez que sea preciso para retocar su indumentaria. En su forma de ser se advierte algo especial. Un don único….

«…que la Virgen nos acompañe siempre».